30/6/09

Zigurat



Los grandes edificios de Mesopotamia no estuvieron dedicados a sus muertos, como en el caso de la civilización egipcia y sus pirámides, sino a los vivos. Quizá la razón por la cuál los zigurat sumerios no se hayan conservado tan intactos a través del tiempo como las enormes tumbas reales del Egipto Antiguo se deba a esta sustancial diferencia entre ambas filosofías arquitectónicas. Mientras que las pirámides fueron construidas para la inmortalidad, los templos mesopotámicos respondían a las funciones de vida cotidiana de cada ciudad-estado.

Durante mucho tiempo, la ciudad sumeria fue una ciudad-templo, cuya vida se organizaba en función al templo zigurat. El dios era el verdadero señor de la ciudad, y el jefe del clero era solamente su representante, reinando con este título sobre todos los habitantes de la ciudad. Del templo partía la autoridad, y a él llegaban todos los productos de la explotación económica, para luego redistribuirse al centro urbano. Paralelamente existía un príncipe de la ciudad, pero sus poderes eran aún limitados durante las etapas tempranas de la historia mesopotámica. Siglos más tarde, este carácter dualista del poder sería objeto de constantes pujas entre el palacio y el templo (situación que se repetía en el Antiguo Egipto).
Los templos eran el centro neurálgico de cada ciudad, no es de extrañar que su construcción se volviera cada vez más compleja. Si bien existieron ejemplos anteriores, los primeros zigurat de dimensiones monumentales comenzaron a elevarse durante la tercera dinastía de Ur, alrededor del 2100 a.C.
El templo de la ciudad Ur, quizá el más grandioso, fue construído en honor a la diosa Nannar, símbolo lunar. Si bien hoy se conserva sólo una parte del monumento, se sabe que originariamente contaba con una base de 62 metros x 43 metros, alcanzando una altura desconocida, aunque superior a los 15 metros que hoy se mantienen. Se componía de varias terrazas superpuestas, con el templo propiamente dicho en su cúspide.

La mayoría de los historiadores sostienen que el zigurat era concebido como una especie de puente entre el cielo y la tierra, un punto físico por el cual los mesopotámicos creían que se manifestaban las voluntades de los dioses. Su estructura piramidal también podría haber evocado a la montaña primordial, que formaba parte de los mitos de la creación sumeria.
La famosa Torre de Babel descrita en la Biblia, y pintada por Peter Brueghel, no era más que un zigurat babilónico, en este caso dedicado al dios Marduk y de la que se dice que alcanzaba los 91 metros de altura.
Lamentablemente, en la construcción de los zigurat se utilizaban ladrillos de adobe unidos por una masa de mortero y caña, motivo por el cual la erosión redujo en gran parte sus dimensiones, cuando no los hizo desaparecer.
Y cuando la erosión no desgastó sus piedras, y aún se levantan silenciosos en medio del polvo y el desierto, tropas extranjeras invaden sus escaleras y terrazas, observando desconcertantes tamaña manifestación cultural de tiempos inmemoriales, desconociendo -probablemente- el pasado que ni la arena ni la guerra lograría sepultar.


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